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De paseo por Québec

Cuando uno piensa en Canadá inmediatamente le vienen a la mente los paisajes montañosos de las Rocosas en los estados de Alberta y Columbia Británica. Pero hay muchas otras zonas que vale la pena recorrer y visitar en este enorme y poco poblado país. Es por ejemplo el caso del estado de Québec, que hemos tenido la oportunidad de recorrer parcialmente durante el último verano. Nuestro itinerario partió y volvió a la preciosa ciudad de Québec (la más europea de Norteamérica), recorriendo ambas márgenes del Río (más que Río, brazo de mar) San Lorenzo.

 

 

El ambiente de la zona está marcado por un clima continental muy frío, lo que determina el predominio casi exclusivo de los bosques de coníferas boreales, entre los que destacan diversas especies de abetos como la Picea glauca o el Abies balsamea aunque algunas especies caducifolias forman buenos bosques en las zonas más templadas, como es el caso del Populus tremuloides. En las cumbres más altas (el monte Jacques Cartier con 1270 metros es la cima del estado), incluso hay manchas de tundra ártica, manteniendo poblaciones relícticas de algunos de sus habitantes más característicos como es el caso del caribú.

 

 

Pero el rasgo naturalístico más sobresaliente de esta zona es la gran riqueza de sus aguas costeras, lo que provoca la existencia de grandes concentraciones de aves y mamíferos marinos. La mayor atención y espectacularidad la concentran las ballenas, que de hecho constituyen el principal atractivo turístico de la región. Son varias las especies que se observan comúnmente, destacando entre ellas por su abundancia los rorcuales común y aliblanco, aunque también es posible la observación de la gran ballena azul. Pero sin duda el cetáceo que genera más simpatía es la beluga, cuyos peluches se venden en todas las tiendas de regalos. Esta especie, de distribución ártica, tiene en las aguas del San Lorenzo una población aislada, que se aprovecha de la riqueza que generan los afloramientos que se producen en la desembocadura del fiordo de Saguenay. Además de mamíferos, son especialmente llamativas las concentaciones de aves marinas, que forman enormes colonias de nidificación, entre las cuales destaca la gran colonia de alcatraces de la Isla de Bonaventure.

 

Nacho Plazaola

ALCATRACES


A una hora de coche al este de Edinburgo en Escocia se halla el pueblo costero de North Berwick. De allí es un corto viaje en un barco (llamado Sula, naturalmente) hasta Bass Rock, una impresionante mole de piedra, según los locales hogar de la mayor colonia de alcatraces en el mundo: se calculaba que en el momento de nuestra visita había entre 100.000 y 120.000 ejemplares de todas las edades.

Lo que desde lejos parece ser puntitos de nieve son, en realidad, alcatraces.

Nick Gardner y Bego Silva

Libélulas II

Dado el tiempo funesto que nos hizo en la anterior salida, nos reunimos otra vez el siguiente domingo para probar suerte. Tampoco esta vez quiso cooperar el clima (los odonatos son más activos cuando hace calor) pero aún así, con mucho entusiasmo, cazamariposas, cámaras y guía de campo en mano, nos acercamos a dos embalses de riego y al pantano al norte de Lubiano, dispuestos a aprender.

Nos esparcimos por las orillas levantando oleadas de caballitos de diablo de color turquesa, Enallagma cyathigerum; muy abundante. La fenomenal Clave de Identificación de Machos de Odonatos de Álava que había preparado nuestro guía-profesor, Josean Gainzarain, se hizo indispensable. Con ella, sin dudas, identificamos, al también turquesa pero con ojos rojos, Erythromma viridulum; con alas semiplegadas y de un color verde metálico, Lestes sponsa y L. viridis; negro con luz de cola turquesa, Ischnura graellsii y la estrella del día (por ser el primer avistamiento de nuestro experto), pequeña y pardusca, Sympecma fusca.

Las libélulas verdaderas escaseaban. La mayoría eran tenerales (las alas parecían aceitosas) del genero Sympetrum, difíciles de identificar ya que los rasgos particulares no se habían desarrollado.

Todos disfrutamos y aprendimos en esta salida. Gracias, Josean, por abrirnos los ojos a otro mundo.

María Frías