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1º Paseo ornitológico 2026

El inicio del ciclo de paseos ornitológicos de este año 2026, tan  caracterizado por abundantes borrascas, no pudo ser más  prometedor. Un día soleado y sin viento, con temperatura agradable, nos permitió una actividad sin los sobresaltos meteorológicos de las salidas de otros años por estas fechas.

Los participantes llegaron al punto de encuentro con antelación, circunstancia que fue aprovechada para tomar unos cafés en la terraza de un bar y empezar a conocer a aquellos que venían por primera vez.

Atravesando el yacimiento romano de Armentum nos dirigimos hacia Armentia haciendo la primera parada cerca del río Ali donde pudimos escuchar dos de los cantos más fáciles para comenzar a identificar aves: el del Verderón común y el del Cetia ruiseñor. Una sorpresa que algunos pudieron ver; una garcilla bueyera que pasó volando.

Cerca ya del bosque otra sorpresa, la pequeña y brillante Ranita de San Antonio que, esta vez sí, fue vista a placer por todos.

Caminamos por el bosque encontrando algunas de las especies características forestales como carboneros, herrerillos, currucas y reyezuelos hasta llegar al Alto del Molino donde hicimos un
descanso para almorzar mientras oíamos el típico relincho del Pito real ibérico y las potentes notas de varios Trepadores azules.

Cruzando el bosque por los cortafuegos volvimos al punto de partida, no sin antes hacernos la foto de familia y quedar en vernos en próximos paseos.

Esta es la lista de especies vistas y/o oídas elaborada por Josu.

Listado de aves 21 Marzo 2026:
   1. Urraca
   2. Corneja negra
   3. Gorrión común
   4. Verderón común
   5. Colirrojo tizón
   6. Cetia ruiseñor (ruiseñor bastardo)
   7. Jilguero
   8. Escribano soteño
   9. Cuervo grande
10. Tarabilla común
11. Mirlo
12. Petirrojo
13. Mosquitero común
14. Avión roquero
15. Lavandera boyera
16. Busardo ratonero
17. Paloma torcaz
18. Verdecillo
19. Mosquitero ibérico
20. Garcilla bueyera
21. Herrerillo común
22. Milano real
23. Carbonero común
24. Curruca capirotada
25. Paloma cimarrona
26. Reyezuelo listado
27. Trepador azul
28. Pito real ibérico
29. Tórtola turca
30. Agateador común
31. Arrendajo
32. Chochín
33. Mito

Fotos: Josu Arenaza

 

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Visita a Etxalar. Día de las Aves

“Escribirás una crónica para la web ¿no?”, dispara Begoña, mientras imagino una ceja arqueada detrás de sus gafas oscuras. “Claro, por su supuesto”. Ya no hay posibilidad de escape respecto al síndrome de la hoja en blanco. La dura misión de intentar que unos miserables balbuceos mentales se combinen y cuajen en una crónica escrita medianamente inteligible de esta salida del IAN, se me aparece como un espectro amenazador mientras dejamos atrás las estribaciones del Pirineo navarro, de vuelta a las manejables orografías de Álava.

Y ello a pesar de que el día se hubiera prestado, ciertamente, a la elaboración de un buen documento literario, con resonancias históricas grandilocuentes. “Desde lo alto de estas redes, seis siglos nos contemplan”, como pudo decir -pero no dijo- Patxiku, el anfitrión de nuestra visita guiada a las afamadas palomeras de Etxalar. Las primeras noticias sobre estos imponentes artilugios, instalados en los collados de la montaña con el ánimo de interrumpir el vuelo libre de las torcaces migratorias, se remontan al año 1378. Desde entonces hasta hoy, generaciones de habitantes de Etxalar, Sare y otras localidades cercanas has buscado los días de fortuna, esos en que el instinto viajero de las aves se desboca para encauzarse a través de los pasos favorables que conectarán la interminable llanura aquitana con las pródigas dehesas de la Iberia profunda.

1. Patxiku, el guía, detalla la tarea que tienen encargados los palomeros desde lo alto de la trepa nagusi.

 

Francisco Bernis, el padre de la moderna ornitología española, reconocía en su monumental Aves migradoras ibéricas (1966-1971) la profunda impresión que le había causado contemplar, frente al hosco paisaje de la montaña, las voces y siluetas de los palomeros subidos a las trepas, intentando achantar a los bandos con paletas y zatarrak. Pero hoy en Etxalar no hay tensión contenida ni se ejecutan elaboradas estrategias venatorias, ya que las fechas elegidas para el Día de las Aves, en el que se enmarca nuestra visita, son aún tempranas para que se produzca “la ola azul”, como llaman los franceses a ese extraordinario fenómeno natural que protagonizan decenas de miles de torcaces cruzando los collados pirenaicos, hacia finales de octubre o principios de noviembre. Es una circunstancia afortunada, debo decir, porque nuestra sensibilidad animalista casa mal con toda esta parafernalia cinegética, que termina indefectiblemente con la muerte de las aves y el jolgorio de los humanos, por mucho que yo me empeñe en recurrir una y otra vez al interés antropológico y cultural de la actividad. Así que Patxiku está relajado y nosotros aliviados.

El escenario de la trampa. La red palomera se dispone cubriendo este claro entre los árboles, que las torcaces creen franqueable con facilidad.

 

El folklorismo palomero, que se adereza -presumimos- con buenas y convenientemente regadas meriendas, también tiene una vertiente con repercusión científica. Meticulosamente, un contable anota las docenas de capturas producidas a lo largo de la temporada, lo que ha generado, con los años y las décadas, una valiosísima serie de datos que, a buen seguro, permitiría estimar las tendencias numéricas del paso migratorio y relacionarlas con variables ambientales y climáticas: un sueño húmedo para cualquier ornitólogo curioso. Paradójicamente, este es también el afán de la contraparte que ha encontrado su lugar en el mundo en una explanada bajo el col de Lizaieta, en el lado francés de la montaña. Los palomeros, no sin cierto desdén, llaman “los ecologistas” al grupo de pajareros greñudos e insultantemente jóvenes, que dedican sus días y sus ojos, entre agosto y noviembre, a la voluntariosa tarea de extraer especies y números de los bandos de migrantes que cruzan sobre sus cabezas. Conozco, pues he participado en aventuras de este tipo, que sus camas son duras, su comida frugal y sus jornadas no tienen relevo. Se me ocurre el retorcido descriptor de “expediciones inmóviles” para despejar el romanticismo del naturalista respecto a una actividad cuyo instrumento más preciado, además del telescopio, es una silla campestre en la que los cuerpos reposan durante horas sin fin.

3. El campamento ornitológico, procurando que ni un ave escape (al censo).

 

Buscando una épica a su misión, imagino que los ornitólogos pretenden descifrar la escritura que las aves trazan con círculos aprovechando térmicas, estampidas súbitas o descensos vertiginosos cuando aprecian la promesa del paso hacia la supervivencia, allá tras la línea del horizonte. Pero toda la lírica que oigo en boca de los pajareros se reduce a pronunciar “Milan royal, 4”, “Faucon pèlerine, 1”, “Circaète Jean-le-Blanc, 2”, que servirán para rellenar algún estadillo funcionarial. Mi mente cartesiana comprende y aplaude este vigoroso esfuerzo de recopilación de datos, que sé que también viajan desde el col hasta los informes y las publicaciones científicas que nutren los debates sobre el estado de conservación de las especies y el impacto del cambio climático. Pero hoy me interesaba más el vuelo de los ingrávidos emplumados que, ajenos a las preocupaciones y desdichas que suceden allá en el suelo, celebran, un año más, su eterno retorno.

Texto y fotos: José María Fernández García