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LOS BOSQUES DE NICARAGUA

En el marco de un programa de la AECID (Agencia Española de Cooperación Internacional), hemos tenido la oportunidad los tres últimos años de visitar Nicaragua. Aunque la agenda de trabajo es muy intensa, hemos podido aprovechar los fines de semana para hacer alguna escapadita naturalista por algunos de los ecosistemas nicaragüenses.

 Obligados por la planificación de las actividades, siempre nos toca ir en el mes de Noviembre. En esa fecha lo primero que experimentamos al llegar a Managua, es un calor terrible y un sol intensísimo. Con el paso del tiempo nos aclimatamos, ¡y qué remedio!, porque en esa época estamos entrando en la época seca y no volverán a verse nubes en el cielo en unos cuantos meses. Curiosamente ese periodo es lo que allá denominan “verano”, y digo curiosamente porque estando en el hemisferio norte, el verano corresponde con la época en que el sol está más bajo; en tanto que su “invierno”, la época de lluvias, se corresponde con lo que astronómicamente es el verano. Aunque se hable de verano e invierno, ambos términos aluden a la marcadísima estacionalidad de la precipitación, porque en términos de temperatura la variación es muy pequeña (unos tres grados de diferencia entre el mes más cálido y el más frío).

Nuestra ciudad en Nicaragua es León, una bulliciosa y amable ciudad situada a 20 kilómetros del Pacífico. Desde este punto de referencia, nuestras escapadas se han centrado siempre en la mitad oeste del país, la que tiene las mejores infraestructuras, pero también la que soporta una mayor densidad de población. Pese a ello, quedan todavía interesantes reductos de bosque natural, protegidos muchos de ellos por la administración o ubicados en reservas privadas. Básicamente hay cuatro tipos de bosque en el sector Pacífico: el manglar, el bosque seco, el pinar y las nebliselvas. De estos ecosistemas, el primero y último, localizados respectivamente a orillas del mar o en las partes altas de las sierras por encima de los 800 m, son a los que hemos dedicado más tiempo.


El manglar es el contacto entre el continente y el océano. Las plantas terrestres invaden el lecho marino, desarrollando un amplio repertorio de estrategias que les permiten superar los tres principales retos que les plantea la vida marina: la salinidad, la falta de oxígeno y la inestabilidad de los sustratos. Así, con un poco de atención, encontramos árboles que evitan caerse apoyándose con falsas patas sobre el fango, en tanto que otros sacan tubitos a la superficie con los que respiran las raíces. Incluso encontramos árboles cuyas hojas “potabilizan el agua marina” y se vuelven blancas a mediodía al recubrirse de la sal que extraen. En el Pacífico nicaragüense, son varias las especies arbóreas que constituyen este ecosistema. Aunque se las denomina colectivamente “mangle”, son cuatro los géneros que podemos encontrar: Avicenia, Conocarpus, Laguncularia y Rizophora. Asociado a este ecosistema hay una rica fauna, entre la que las tortugas marinas o los cocodrilos son los más populares, pero también hay varias especies de aves exclusivas de este hábitat. La sobreexplotación forestal y los cultivos marinos son sus principales amenazas.

Las nebliselvas son el reducto del frescor en estas cálidas tierras de Centroamérica. Aunque el clima es estacional, las frecuentes nieblas garantizan un aporte de humedad que permite el desarrollo espectacular de la vegetación, especialmente de los epifitos, que tapizan por completo los enormes troncos de los Ficus. Llama la atención del naturalista el espectacular despliegue de formas vitales que desvía constantemente la mirada en todas direcciones. El rey de este ambiente es sin duda el quetzal que se alimenta de los frutos de varias especies de lauráceas (Ocotea), aquí llamados aguacatillos. Sus estrictos requerimientos ecológicos, y la gran degradación de este ecosistema, transformado masivamente en cafetal, hacen que sea una especie muy escasa en Nicaragua. Pese a ello, hay muchas fincas en las que se llevan a cabo prácticas de cultivo de café respetuoso con la conservación de los bosques y la fauna, y que de hecho obtienen un recurso adicional muy importante al ser focos de destino ecoturístico a los que acuden naturalistas de todo el mundo a observar la fauna.

Texto y fotos: José Ignacio García

MILES DE PINZONES REALES EN BARAZAR

Muchos socios/as sabrán ya que miles de pinzones reales están invernando en Barazar. Es un acontecimiento excepcional tanto por el lugar como por el número de aves. Aún así, como Josean Gainzarain nos explica (Atlas de las aves invernantes en Álava [2002-2005], pag. 277): “No se ha recogido suficiente información […] para estimar la cuantía de los efectivos de la especie, muy variables de un invierno a otro y que posiblemente puedan oscilar entre algunos cientos y unos pocos miles de ejemplares. No es descartable sin embargo que algún año con entrada excepcional de aves, la población pueda ser eventualmente mayor.”

Detalles prácticos: partiendo de Vitoria, aparcar el coche en el mismo puerto, detrás del restaurante que se halla a la derecha. Allí mismo sale una pista forestal de cemento que sube al monte hacia el este: al cabo de unos 500 metros cuando empieza a llanear, entre pastos, está el mejor punto de observación. Hacia el norte en un hoyo está un dormidero; el otro, al parecer de mayor tamaño, está hacia el sur. Horario: desde las 17:00 hasta el anochecer. Si no has ido todavía, ¡ahora es un buen momento!

La otra biodiversidad

En este pasado año 2010, año internacional de la biodiversidad, hemos oído hablar mucho de la importancia de la conservación de las diferentes especies animales y vegetales que se encuentran en nuestros ecosistemas y en el mejor de los casos también de la diversidad de éstos, de paisajes naturales, de bosques,… Las administraciones y entidades conservacionistas han centrado en este nivel su esfuerzo de cara a proteger la biodiversidad. Pero hay otro nivel que con frecuencia resulta olvidado: el nivel agrario, las variedades de cultivo y las razas ganaderas. Y teniendo en cuenta los datos de la superficie agrícola o el censo de la cabaña ganadera de nuestro territorio, está claro que es un tema que no podemos obviar.

En estas líneas me quiero referir a la diversidad genética dentro de las especies y en concreto a la agrobiodiversidad vegetal. El ser humano, hombres y mujeres agricultores, han protagonizado desde hace 10.000 años el mayor proyecto de innovación jamás realizado. Durante decenas de generaciones sin seguir ningún guión escrito, sin dejar instrucciones, de manera intuitiva pero sorprendentemente coordinada han logrado obtener los cultivos capaces de alimentar a las gentes del planeta. Por ejemplo, ellos han logrado obtener a partir de la hierba llamada teosinte imponentes plantas de maíz, de diferentes colores y formas, hasta más de 75.000 variedades que se pueden utilizar para 3.500 usos diferentes. De otra pequeña hierba obtuvieron el trigo, de la papa silvestre nos han llegado decenas de variedades de patatas,…

Esta riqueza de variedades es un seguro para algo que, no olvidemos, sigue siendo esencial e imprescindible para la vida del ser humano: la alimentación. Así, gracias a esta diversidad los alaveses podemos cultivar alubias que no se hielan porque maduran antes como la pinta alavesa, o los gipuzkoanos consiguen que se sequen sus alubias, gracias a que la tolosana trepa sobre los palos y se escapa de la humedad del suelo. Gracias a las lechugas oscuras alavesas podemos comer algo de lechuga en invierno y gracias al trigo caspino (Aragón 03) los celiacos pueden comer pan sin problemas,… En la India muchos agricultores cultivan 10 o más variedades de arroz, que gracias a su diferente momento de maduración les permiten distribuir el trabajo de cosecha del arroz durante más meses. Los tomates de Perú que resisten al hongo Fusarium han permitido crear variedades de tomate cultivables en zonas donde este hongo es común. En Etiopía, el abandono de variedades adaptadas en la sequía tuvo mucho que ver con la hambruna de la década de los 80.

Pero la conservación de esta agrobiodiversidad está muy relacionada también con la conservación de los ecosistemas. El trigo rojo de Sabando es un campeón frente a las hierbas adventicias. Debido a su tamaño, en seguida les supera en altura y ahoga, de manera que se prescinde del herbicida. Las codornices, aguilucho cenizo y otras aves que hacen sus puestas en los campos de cereal son algunas de las especies que más han sufrido la homogeneización de los cultivos. Atrás quedó el escalonamiento en la cosecha de cereales, y la presencia de trigos de variedades tardías aún sin cosechar a mediados de agosto. Solo los pollos más precoces de los precoces pueden escapar.

Pero además en torno a estas variedades hay tradiciones, fiestas, platos típicos, y en definitiva, una cultura arraigada que estamos olvidando. La fiesta más antigua de Euskal Herria, la del pan del Barte, está ligada a un cereal diferente, y el plato local “habetas de Sangüesa” sólo se pueden preparar con esas habetas.

Recordar su importancia tiene especial importancia en estos momentos en los que la pérdida de agrobiodiversidad se produce de manera acelerada. En 1859 un manual de trigos reconocía en España 1.300 variedades, mientras que en 1986 la lista de variedades comerciales reconoce sólo a 147. En Grecia se han perdido en 40 años el 40% de trigos. En Indonesia se han perdido 1.500 variedades de arroz en 15 años y el 75% de la superficie de arroz procede de arroces derivados de una misma madre. El 75% de la patata cultivada en EEUU es de 4 variedades. Desde 1900 ha desaparecido el 75% de la diversidad genética de los cultivos según la FAO. Es un proceso a nivel mundial, impulsado por los mercados, por equivocados conceptos de ayuda al desarrollo, por las legislaciones, por el éxodo rural, por las grandes empresas de semillas,…

Pero es también un proceso reversible. Es reversible si las asociaciones en pro de biodiversidad agraria (las redes de semillas) facilitamos el acceso a estas variedades, si los agricultores y agricultoras las retoman buscando nuevas formas de diversificación agrícola, si los cocineros se implican en resaltar su valor culinario y si los consumidores somos capaces de valorarlas. En ello estamos algunos.

Texto y fotos: Jaime Ortiz de Urbina Duran

Socio del Instituto Alaves de la Naturaleza
Miembro de la Red de Semillas de Euskadi

PD: El Instituto Alavés de la Naturaleza firmó en 1997 un escrito de apoyo al proyecto de recuperación de la biodiversidad agrícola, iniciado por la Red de Semillas de Euskadi, lo que ayudó a conseguir sus primeros fondos para trabajar.