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Con Valverde, tras la pista del quebrantahuesos en Pancorbo



Ilustraciones manuscritas
 de los cuadernos de campo
 de Valverde: Pancorbo, 1954.

 Quizá alguno de los visitantes del blog de IAN haya leído las memorias de José Antonio Valverde (1926-2003), publicadas por la editorial Quercus. Debió ser Valverde un naturalista hiperactivo, que no se conformó con salvar Doñana, fundar un Parque Nacional y una Estación Biológica, explorar territorios africanos faunísticamente desconocidos y alumbrar teorías ecológicas rompedoras, como las del origen granívoro de los homínidos. Creo que tenía una curiosidad absolutamente insaciable, y de ella nos dejó abundantes pruebas durante la visita que hizo al IAN con motivo del décimo aniversario de la asociación. Pero esa es otra historia…

El tiempo inexorable va haciendo desaparecer a aquellos pioneros que, en las décadas de los 50 y 60 del siglo XX, comenzaron a levantar el potente edificio que la Ornitología amateur y científica ha llegado a ser hoy. Pero lo cierto es que el valor de las contribuciones de Bernis, Sáez-Royuela, Valverde y otros, lejos de difuminarse, se acrecienta aún más cuando, en la actualidad, nos interesamos por la distribución y circunstancias de las especies en aquellos años. Conocer el pasado facilita entender los procesos que gobiernan la dinámica de las poblaciones, y ayuda a realizar proyecciones fiables hacia el futuro.

La perorata viene a cuento de la difusión de los cuadernos de campo originales de Valverde, a través de la página web de la Universidad de Salamanca. (http://gredos.usal.es/jspui/handle/10366/3699). Entre otra documentación de singular interés, figuran los apuntes naturalísticos tomados durante un viaje entre Valladolid y San Sebastián, en abril de 1954, con parada en Pancorbo. Allí Valverde aprovechó para conversar con cuanto lugareño, cazador y pastor se cruzó en su camino, y visitó algunos enclaves de los cercanos Obarenes. Aunque resulta sumamente aprovechable la noticia sobre presencia de perdiz pardilla hasta los años 30, Valverde se interesó sobre todo por el quebrantahuesos, que entonces se encontraba ya en galopante regresión. El caso es que Valverde describió con profusión de detalles la ubicación de un nido ocupado y el rompedero usado por la pareja, sin duda una de las últimas extrapirenaicas. Pertrechados con sus croquis, Fran Silván y un servidor visitamos en 2010 la barranquera de Obarenes donde Valverde fijó el nido, fantaseando con localizar los restos de la actividad del “cascahués”, como era conocido en Burgos y Álava. Pretendíamos emular a los ornitólogos cantábricos que han descrito antiguos nidos en Picos de Europa, también desusados hace ya muchas décadas, pero en nuestro caso no fuimos capaces de encontrar una cueva o repisa que hubiera conservado testimonios materiales de nidificación o alimentación. Los buitres leonados son, hoy por hoy, los únicos ocupantes de estas risqueras, y posiblemente su propia actividad haya hecho desaparecer cualquier elemento aprovechable.



Barranco de Obarenes donde Valverde situó
 en 1954 nido y rompedero de quebrantahuesos.

No es el de Valverde el único relato histórico sobre quebrantahuesos en estas sierras, ya que Hiraldo, Delibes y Calderón, en su ya lejana monografía sobre la especie, aluden a otro sector de nidificación, en el desfiladero entre Bugedo y Foncea. Más aún, recogieron comentarios sobre el expolio del nido, y la incorporación del huevo a la colección zoológica del Monasterio de Santa María de Bugedo. Hace ya bastantes años visité esta colección, compuesta fundamentalmente por especímenes americanos enviados por misioneros de los Hermanos de La Salle, y pude encontrar un huevo rotulado como “quebrantahuesos”, si bien indudablemente perteneciente a buitre leonado. Otra vez el buitre omnipresente suplantando al fantasma de Obarenes.

Así pues, estas pistas no han conducido a nada tangible, pero gracias a Valverde y otros que se tomaron la molestia de trasladar sus experiencias al cuaderno de campo y sus datos a informes publicados, podemos afinar la cronología y causas de la extinción del quebrantahuesos, fuera del reducto pirenaico que pervivió y que conocemos hoy. Y podemos seguir indagando sobre las posibilidades de recolonización, ahora que el declive sufrido en aquellos años ha sido revertido. Un regreso, natural o asistido, que seguramente agradaría infinitamente a Valverde y a los demás ornitólogos de su generación, con escasos medios pero sobrados de vocación y arrestos.

Texto y fotos: José María Fernández

BARRANCO DE ISTORA

En un mundo en el que parece todo descubierto y que a cualquier lugar es fácil acceder, es un verdadero placer adentrarse en el cauce de un río, sin agua, dejándose llevar, esta vez no por la corriente sino por una amable persona, Gorka Belamendia.

Cargados con una escalera y unos vadeadores iniciamos el camino augurando que vamos a correr una pequeña aventura. Pero un invierno seco en la zona mas seca de Álava ha dejado sólo dos o tres charcos al sapo partero para que ponga su puesta, o a la lavandera cascadeña para lucir su amarillo en las piedras secas.

Caminamos sin perder de vista el suelo, agachándonos por debajo de ramas de durillos (Viburnum tinus), arrayanes (Myrtus communis) y cornejos (Cornus sanguinea L.). Poco a poco, el cauce va haciéndose mas angosto hasta llegar a una gran poza seca que sorteamos con ayuda de la escalera y de una mano, que siempre hay cerca cuando se va con amigos.

Para entonces, el canto del chochín o la curruca capirotada delatan que saben más del lugar que nosotros: vieron al águila real que ya no está y se han cruzado más de una vez con los aviones roqueros.

Tienen buen escondite en las longevas encinas, cuyos troncos se elevan al cielo como patas de grandes animales o como columnas salomónicas. Desde alguna de ellas, en un meandro del río, los arrendajos y el pito real nos han tirado unas plumas, querían que nos fuéramos cuanto antes por si pudiéramos vulnerar su santuario. También la bella rosalía alpina vigilaba nuestro paso.

Ha sido una ventaja haber caminado sin agua por el río -no habrá pensado lo mismo el sapo que hemos encontrado seco en el camino-, aunque ya nos hubiéramos dado un baño al final. A falta de una buena poza, la fuente y el lavadero de Orbiso nos han refrescado.

He pensado en el río como metáfora de la vida y, aunque el camino sea a veces pedregoso, con ganas, un buen almuerzo y buena compañía, no hay camino que se resista. Gracias a Brian por provocar todo esto.

Texto: Arantxa Marcos
Fotos: Brian Webster

Salvada, bosque y roca

 La excursión a Sierra Salvada partió del aparcamiento del Monte Santiago y en su primera mitad estuvo marcada por la niebla que se condensaba en toda la cumbre de la Sierra a consecuencia del viento norte del día 10 de Julio. Claro que por algo allí hay hayas… Tras algunas dudas iniciales sobre si continuar o no, al final decidimos que si estábamos en ese lugar era para hacer el recorrido y disfrutar de lo que nos ofreciese, así que continuamos la marcha por la cumbre. Como naturalistas en la niebla, caminamos hasta el mediodía solar (14 pm), momento en que por milagro del sol y el ascenso de temperatura, la niebla se levantó unos cientos de metros, de modo que pudimos admirar el paisaje, y comenzar a apuntar pájaros en la lista: culebrera europea, aguililla calzada, alimoche, cernícalo, roquero rojo, chovas piquiroja y piquigualda… El resto de la tarde lo empleamos en el espectacular y vertiginoso descenso por el Pico del Fraile, hasta llegar a Tertanga donde un coche nos esperaba.

Texto: Nacho Gª. Plazaola
Foto: Carmen Cabrero