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CURSILLO DE IDENTIFICACIÓN DE LIBÉLULAS

El pasado 11 de julio tuvo lugar el curso de identificación de libélulas, que comenzó en los locales del IAN con una sesión teórica en la que, mediante una proyección de diapositivas, se explicaron las características principales de este grupo de insectos y se mostró la diversidad de especies presentes en Álava. Asimismo, las fotografías sirvieron para practicar el manejo de las claves de identificación disponibles en el apartado de Recursos de la página web del Instituto.

Tras esta sesión, los dieciocho participantes en el cursillo, provistos de prismáticos y cazamariposas, nos dirigimos a Garaio, en el embalse de Ullibarri, con el fin de disfrutar ahora en vivo de la belleza de estos animales y practicar en su identificación. En Garaio pudimos localizar un total de ocho especies, entre las que destacó por su abundancia el caballito del diablo Enallagma cyathigerum, y por su espectacularidad la poderosa Anax parthenope.

Después de Garaio nos dirigimos al puerto de Opakua, en cuyas inmediaciones, a 1000 m de altitud, se sitúa la balsa de Iturbaz, enclavada en un hermoso paraje y con una notable riqueza de odonatos. Tras comer a la sombra de un haya, proseguimos con la materia del cursillo y para ello nos dividimos en grupos, cada uno de los cuales debía emplear las claves para elaborar un listado de las especies de libélulas y caballitos del diablo presentes en la balsa. A pesar del asfixiante calor, los equipos se emplearon a fondo, y costó convencerles de que dejaran prismáticos, cámaras de fotos y cazamariposas para poner en común los resultados. La atracción que estos insectos ejercen sobre quien empieza a conocerlos se puso claramente de manifiesto. Un total de nueve especies fueron catalogadas, entre las que Libellula quadrimaculata y Coenagrion puella resultaron las más abundantes.

Para finalizar la jornada nos encaminamos a La Leze, en busca de especies propias de ríos, y en el arroyo que sale de la cueva pudimos observar a Calopteryx virgo y Cordulegaster boltonii, las dos especies más características de los tramos altos de los ríos alaveses.

Y, como recordatorio de lo observado en esta jornada, cada participante recibió más tarde, a través del correo electrónico, un documento en pdf con las fotografías de los odonatos presentes en cada uno de los enclaves visitados. También se les envió una relación de páginas web sobre libélulas, para poner a su disposición más información acerca de estos fascinantes seres.

Texto y fotos: Josean Gainzarain

Francia, el río Adour y el mar

Despedimos la primavera con una salida a las tierras francesas del Adour, cerca de Bayonne, y comenzamos la jornada en el Pays de Seignaux, en la ribera del río Adour, en plena campiña. Buscábamos los bosques de alisos inundados, que encontramos fácilmente partiendo del pueblecito de Saint-Barthélemy, donde identificamos muchas plantas de lugares húmedos. Anduvimos por las alisedas, donde también había robles y fresnos, y el nivel de las numerosas lagunas estaba altísimo; así pasamos la mañana en un ambiente húmedo, verde y muy atlántico manejando las claves continuamente y dando largos paseos exploratorios. Logramos que no se mojase el libro de las claves botánicas que podía haber acabado fácilmente en el agua con nosotros haciéndole compañía dada la inestabilidad de las pasarelas que encontramos.


A la hora de comer, en un prado más seco, empezaron las sorpresas. Allí había una florecita azul hermosísima, menuda y estrellada, rara, rara, porque nadie la había visto nunca. Resultó ser una Sisyrinchium angustifolium (ver foto) y abandonamos aquella zona muy satisfechos tras la identificación. Nos dirigimos al lago de Yrieu, acercándonos al mar.

Allí recorrimos el lago por un caminito boscoso de robles y alcornoques, además del laurel-cerezo, y encontramos una Rosacea que parecía que daba fresones pero era Duchesnea indica.
En seguida identificamos otra rareza, superviviente del cuaternario y endémica del Golfo de Vizcaya, Myrica gale, que se encontraba en el sotobosque. El paseo por suelo arenoso fue una delicia ya que además volaban las libélulas y había unos insectos azul turquesa que parecían joyas. De allí decidimos acercarnos al mar y a los arenales de un lugar llamado Ondres, lleno de inmensas dunas, que nos mantuvieron francamente atareados, ya que se encontraban plagadas de endemismos del Golfo de Vizcaya y que hicieron nuestras delicias. La primera fue el Thymus praecox subsp. britannicus, formando coloristas manchas en la arena y luego ya fue un no parar; encontramos unas clavelinas muy exóticas y perfumadas de color lila que resultaron ser Dianthus hyssopifolius subsp. gallicus. Todos nos volvimos a postrar ante la Silene uniflora thorei, otro endemismo, que junto a muchos más nos motivó a seguir trabajando hasta que la tarde empezó a declinar y hubo que pensar en el regreso.

Nos tomamos unas cañas mirando al mar en un chiringuito de Ondres antes de emprender el camino a casa, donde ya en tierras alavesas pudimos admirar una puesta de sol magnífica, y supimos que íbamos todos a caer rendidos tras cuatrocientos kilómetros de carretera, en la noche más corta que anunciaba ya el verano y que nos había ofrecido uno de sus días más largos.

Texto y fotos Carolina Larrosa

HERBARIO DIGITAL: 2ª salida

El último domingo de mayo, y como segunda salida de este año de las del calendario del Herbario digital, nos dirigimos a la sierra de Santo Domingo en Zaragoza; éramos siete exploradores y la perra Bruna. Llegamos al pueblo medieval de Longás, pueblo del color de la tierra y abrazado por tres ríos. Está situado en la cabecera de lo que los aragoneses llaman A Bal d’Orsella. Nos habíamos levantado a las seis de la mañana y contábamos con un magnífico fotógrafo, Juan Ramón, de Manzanos; un sabio tónico, Jesús Mendibil; una gacela artista, Arán; y tres naturalistas, buenos conocedores de los hábitats, Pello, Antonio y Jaime; más esta cronista de un día largo y magnífico.

El caminito de montaña subía y subía y estuvimos siete horas subiendo, mañana y tarde, sin desfallecer. Cerca del pueblo, los linos blancos y azules estaban preciosos y el amarillo generoso de la Scorzonera hispanica y de las diferentes genistas nos entretuvo un poco.

 

 

Una vez metidos en las profundidades de la sierra, el paisaje cambió y pudimos disfrutar de gran variedad de orquídeas y de Lathyrus, entre los que identificamos el Lathyrus pannonicus, de flor color marfil, el morado L. filiformis y el difícil L. niger sub. niger en los bosques y en sus claros.

El canto y el reclamo del pinzón nos acompañaron todo el camino, especialmente cuando llegamos a la parte alta, un pinar inmenso de pino silvestre, que ya nos acompañó el resto de la jornada.

Vimos una Pyrolacea rarísima, la Moneses uniflora, que Pello nos explicó que se da en abetales y en el Pirineo. La descubrió Jaime y, como sólo había una, fue una de las estrellas más fotografiadas de la mañana. Allí cerca, en el bosque, encontramos al hermoso Sello de Salomón (Polygonatum odoratum) con sus capullos blancos inconfundibles, que también sufrió nuestros disparos.

Llegamos a un claro que consideramos nuestro techo, desde el que se divisaban los Pirineos y el Valle del Roncal. Caímos de rodillas todos a una ante una bella Cistacea y además subpirenaica, el Helianthemum nummularium sub. pyrenaicum.

Bajar nos costó menos, ya por la tarde y en dos patadas, y al llegar a Vitoria a las diez de la noche, derrengados pero felices, dijo Pello que eso era un Día. Con mayúsculas, por supuesto. Habrá otros, ya que la siguiente cita será para explorar Las Landas francesas el fin de semana del 19 y 20 de junio.

Texto y fotos: Carolina Larrosa